Paz

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Ética en Acción para el Desarrollo Sostenible e Integral: Paz

Esta declaración fue emitida por Ética en Acción luego de deliberaciones llevadas a cabo en la Casina Pio IV en el Vaticano el 2 y 3 de febrero del 2017. Ética en Acción es una asociación co-auspiciada por el Canciller de las Academias Pontificias con sede en la Casina Pio IV, la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible (SDSN) de la ONU, Religions for Peace, y la Universidad de Notre Dame. Los fundadores de Ética en Acción incluyen a la Blue Chip Foundation, al Fetzer Institute, Christina Lee Brown y Jacqueline Corbelli. Representantes de varios grupos religiosos participaron en la preparación de esta declaración, junto con académicos y representantes de ONG especializadas en cuestiones de paz y conflicto.

La Paz Positiva y sus Pilares

Todas las religiones del mundo se basan en la paz, llaman a la paz y promueven la paz. Los líderes religiosos, desde el tiempo de los profetas, han estado instando siempre a que “pongan sus espadas en rejas de arados y lanzas en hoces” (Is 2:4). “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9), declara Jesús en las Bienaventuranzas. Los musulmanes, los hindúes, los budistas, los jainistas, los sijs, los creyentes indígenas y de otras religiones entienden –cada uno a su manera– que la paz es el verdadero ‘nombre’ de su religión. El mandato de no matar y respetar la vida es profundamente compartido por las diversas religiones. La obligación de promover la paz es un imperativo moral y espiritual fundamental de las diversas tradiciones religiosas. En consecuencia, las interpretaciones de la religión que van en contra de la paz son contradictorias.

Para las religiones del mundo, la paz va más allá de la mera ausencia de guerra. Estas tradiciones comparten cada vez más una visión de ‘paz positiva’, arraigada en la dignidad de cada uno y la unidad de todos, fundada en la experiencia de lo trascendente. Esta visión de paz positiva se basa en cuatro pilares, enunciados explícitamente en la encíclica del Papa Juan XXIII, Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963), pero también reconocidos por las otras religiones en sus propios términos como reflejo de los deseos más profundos del espíritu humano –la justicia, la caridad y la libertad. Así entendida, la paz positiva exige el desarrollo de la dignidad humana de una manera que esté directamente relacionada con el respeto de los derechos y la ejecución de responsabilidades recíprocas. Esto también está en relación directa con nuestra obligación común de buscar el bien del otro y evitar el mal, avanzando en valores de bienestar compartidos, que incluye el de vivir en armonía con la naturaleza.

Las diversas religiones afirmas que esta visión positiva de la paz exige el cultivo paciente y resuelto de las virtudes personales y sociales, e instituciones orientadas hacia los valores. De hecho, los pilares de la paz positiva deben estar respaldados por virtudes como el respeto mutuo, la confianza, la verdad y la no violencia. La tolerancia, si bien es necesaria, debe ser reforzada y acompañada por una verdadera solidaridad. De mismo modo, la justicia debe ser siempre hermanada con misericordia, ya que de otro modo la justicia humana sería un fundamento imperfecto para la paz. A su vez, el cultivo de las virtudes personales no es suficiente; estas virtudes deben, también, encontrar una expresión institucional que desafíe y transforme a las estructuras de violencia e injusticia en aquellas que nutren la paz. Como señaló el Papa Francisco, la paz es una ‘virtud activa’ que exige el compromiso y la cooperación de cada individuo y de la sociedad en su conjunto. La paz es nuestro verdadero destino humano, lo cual convierte en nuestra responsabilidad perseguirla, y en nuestro derecho a alcanzarla.

Desafíos para la paz

La paz se ve amenazada siempre que se socave la verdad, la justicia y la caridad –los pilares de la paz positiva–; siempre que se nieguen sus respectivas virtudes de respeto mutuo, veracidad, confianza, solidaridad y misericordia; y siempre que las instituciones ofendan la dignidad humana y no sirvan al bien común.

Hay muchas causas inmediatas de la guerra. Algunas guerras están arraigadas en el miedo, la desesperación, las amenazas percibidas y las privaciones e injusticias reales. Un problema particular de nuestros tiempos es el riesgo de conflictos exacerbados por la pobreza extrema y la desigualdad, la marginación persistente y la exclusión social, al igual que el ritmo alarmante de la degradación ambiental. A la luz de ello, el cambio climático puede ser considerado como una guerra silenciosa contra el planeta, y al Acuerdo Climático de París como un tratado de paz. Otras guerras tienen bases más viles e innobles, motivadas por una búsqueda de beneficios, tierras, recursos, gloria, venganza, ingresos o ventaja geopolítica. Cualquiera que sean sus causas subyacentes, las guerras violan la dignidad humana y desgarran el tejido del bien común. Proporcionan un terreno fértil para que los demagogos difundan el miedo y el odio. Las guerras representan el fracaso de la política y, generalmente, se basan en mentiras y no en la verdad. También hay que reconocer que estamos frente a un momento particularmente peligroso para la paz, con tensiones –internas y externas– en todas partes del mundo. El Boletín del Doomsday Clock de los Científicos Atómicos (Reloj del Apocalipsis) marca que estamos a 2 minutos y medios de la medianoche, lo cual marca el mayor riesgo apocalíptico desde 1953.

Muchas tradiciones han reconocido que ciertas guerras pueden ser consideradas, en un sentido muy limitado, como ‘justas’, porque son defensivas, un último recurso, legales, no combatientes, y avanzan la violencia militar estrictamente limitada de manera ‘proporcional’ a la causa ofensiva. Hoy en día, en una era en la que se usan armas indiscriminadas en áreas co-habitadas por civiles y militares, la barra para una guerra técnicamente ‘justa’ debe ser muy alta. E incluso cuando una guerra pueda ser considerada ‘justa’, sigue siendo un profundo fracaso en términos del ideal de no violencia.

Aunque las guerras, a menudo, ocurren a pesar de los ardientes esfuerzos de muchos líderes religiosos y comunidades para prevenirlas, las religiones, trágicamente, se ven implicadas demasiado a menudo en las guerras. Los líderes demagógicos pueden proclamar que la comunidad local o nacional está en peligro de perder su identidad religiosa central, y buscan movilizar a la religión para justificar la violencia o para obtener poder político. Los promotores de la violencia apelan, selectivamente, a los textos y tradiciones religiosas para defender la violencia. Trabajando juntas en el respeto mutuo, las religiones del mundo han empezado, valientemente, a rechazar la violencia en nombre de la religión, y deben hacerlo cada vez con más firmeza.

Rol de las religiones

Trabajando en conjunto, las comunidades religiosas avanzan hacia la paz, principalmente, en tres modos distintos. Primero, proveen una base ética compartida para la paz, arraigada en su comprensión de la dignidad humana, el bien común y la regla de oro. En segundo lugar, están extraordinariamente bien posicionadas y equipadas para la ‘consolidación estratégica de la paz’, coordinando recursos locales, nacionales y transnacionales para poner fin a los conflictos violentos, luchar por la justicia social y crear vínculos de cooperación y solidaridad. Tercero, pueden desplegar sus experiencias más profundas de misericordia ilimitada, compasión y capacidad para amar la entrega de sí mismo para absorber sufrimientos causados por la crueldad humana, promoviendo así la curación, la reconciliación y el perdón de los enemigos.

Muchas iniciativas interreligiosas han hecho contribuciones decisivas para la paz; por ejemplo, diferentes configuraciones de representantes indígenas, hindúes, budistas, jainistas, sijs, yazidíes, judíos, cristianos, musulmanes y otros religiosos (incluyendo mujeres y jóvenes) han ayudado a mediar entre grupos en conflicto y la reconciliación avanzada, la justicia y la misericordia en sus comunidades. Como resultado, les ayudó a sus comunidades en conflicto a reimaginar sus futuros, reclamar, reclamar la esperanza, abordar sus pasados, y sanar y avanzar en conjunto.

También sobran ejemplos de intervenciones profundamente influyentes y decisivas por parte de líderes religiosos para inducir a los líderes políticos a perseguir la paz. Pacen in Terris desempeñó un papel histórico después de la Crisis de los Misiles de Cuba para ayudar a los Estados Unidos y la Unión Soviética a encontrar un camino hacia el control armamentístico, como lo fue el memorable Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares de 1963. El Acuerdo de Taif de 1989 puso fin a la Guerra Civil del Líbano, desarmó a las milicias y creó el poder político compartido entre las distintas comunidades nacionales. El Vaticano también ha desempeñado un papel fundamental para poner fin al conflicto entre Argentina y Chile, Azerbaiyán y Armenia, así como la guerra civil en la República Centroafricana. Más recientemente, la Iglesia Católica desempeñó un papel directo, y enormemente fructífero en llevar a las partes involucradas en el conflicto en Colombia a una mesa de negociación y llegar a un acuerdo de paz, poniendo fin al conflicto militar más largo de la actualidad.

Rol de Ética en Acción

El desafío que enfrenta Ética en Acción es encontrar pasos prácticos para que la sabiduría única, la belleza y las convicciones morales, compartidas entras las grandes tradiciones religiosas del mundo, puedan ayudar a guiar al mundo a salir del borde del precipicio y de la guerra, y llevarlo hacia una visión de paz positiva enraizada en el vínculo inquebrantable entre el despliegue de la dignidad humana y el avance del bienestar compartido.

Por lo tanto, Ética en Acción está dispuesta a hacer todo lo posible para ayudar a los líderes religiosos del mundo a promover la paz. Nuestro objetivo es movilizar a la comunidad científica, académica e internacional para difundir el mensaje de que la religión no debe ser instrumentalizada y manipulada en nombre de agendas políticas. Por el contrario, los líderes religiosos se comprometen a reducir el temor en sus comunidades, a combatir las mentiras que acompañan a los tambores de guerra y a promover activamente las virtudes de la paz positiva y las instituciones en sus comunidades que encarnan y promulgan estas virtudes. Esto debe incluir abordar y combatir la propagación del odio y la violencia a través de internet y los otros medios de comunicación social.

En este sentido, proponemos específicamente las siguientes medidas, tanto en términos de promoción como de nuestro propio compromiso:

Apoyo

·      Pedir al Secretario General de la Naciones Unidas que ponga la cuestión de la religión y la paz en la agenda del Consejo de la ONU durante el 2017, en apoyo de la paz mundial y el desarrollo sostenible.

·      Recomendar la creación de un Grupo de Contacto Interreligioso al Secretario General de la y al Consejo de Seguridad de la ONU.

·      Diseñar e implementar una estrategia incluyente e intercultural para los medios de comunicación, para cambiar la narrativa sobre el Islam en los Estados Unidos y Europa, y en países con comunidades de minorías en países de mayoría islámica.

·      Impulsar el establecimiento de un fondo para reducir el gasto militar y re-direccionar esos recursos para financiar el desarrollo sostenible (el Fondo Isaías o el Fondo Pablo VI).

·      Impulsar la plena implementación del Acuerdo de París, y aumentar la concientización sobre los vínculos que unen al cambio climático y los conflictos.

Compromiso

·      Producir una declaración en conjunto con los líderes religiosos, que represente una llamada colectiva a la acción por un resurgimiento de la moral y la ética para promover la paz positiva.

·      Promover ampliamente la virtud de la no violencia para la resolución de conflictos.

·      Asegurar una amplia participación de líderes religiosos y comunidades en la Marcha Mundial por el Clima el 29 de Abril.

·      Organizar una campaña de Ética en Acción/Religiones por a Paz para ayudar a sanar y reconciliar la situación en Siria.

·      Desarrollar y difundir, a través de redes religiosas, un currículo educativo de Ética en Acción para promover la cultura de la paz.

·      Trabajar con fundaciones para apoyar las iniciativas interreligiosas de base en las comunidades multi-religiosas conflictivas.

·      Entrar en contacto con los líderes del desarme nuclear para ofrecer el apoyo de líderes y comunidades religiosas.

·      Utilizar y profundizar los canales de comunicación de la paz, el los púlpitos, en las congregaciones, y a través de las redes sociales.

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