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Discurso de Su Santidad Mata Amritanandamayi (Amma)

amma

Su Santidad Mata Amritanandamayi, más conocida como Amma (Madre), es una líder espiritual y humanitaria de Kerala, India. Nacida en la religión hindú, Amma acepta todas las religiones, pues según ella son solo diferentes caminos para alcanzar la Divinidad. Sus días los dedica a recibir y a estrechar en un cálido abrazo maternal a los miles de peregrinos que acuden para obtener consuelo o encontrar solución a sus problemas. Amma ha abrazado a más de 34 millones de personas del mundo entero.

CEREMONIA PARA LA FIRMA DE LA DECLARACION CONJUNTA DE LOS LIDERES RELIGIOSOS CONTRA LA ESCLAVITUD
 

Casina Pio IV, martes, 2 de diciembre 2014

 

Om Amriteshwaryai Namah

 

Su Santidad, distinguidos invitados:


Me gustaría comenzar expresando mi más sincera gratitud por la oportunidad que se me ha dado de participar en un encuentro tan histórico. Aprovecho la ocasión para manifestar mi agradecimiento a Su Santidad por su empeño y su compromiso social; y al respetado Obispo Marcelo Sánchez Sorondo, prestigioso Canciller de las Pontificias Academias de las Ciencias y de las Ciencias Sociales, que ha trabajado con sumo ahínco para hacer de esta asamblea un hecho.

La trata de personas siempre ha sido uno de los peores flagelos de la sociedad, en este siglo y desde los albores de la historia. Pareciera que cuanto más tratamos de erradicar la esclavitud y el trabajo forzado, tanto mayor es la fuerza con la que resurgen. Es como un fantasma maligno que se niega a abandonarnos. Como ya dijo Su Santidad: «la trata de personas es una herida abierta en el cuerpo de la sociedad contemporánea. Es un crimen de lesa humanidad».

Cada país tiene el deber de implementar leyes que apunten a erradicar este crimen tan cruel e inmoral, además de liberar y proteger a las víctimas de semejante destino. Asimismo, cada ciudadano que esté comprometido con la justicia y con el bienestar social tiene por delante esa misma responsabilidad moral. Sin embargo, somos todos conscientes de la triste realidad de que este problema no es de fácil solución, pues la herida de la trata de personas tiene siglos de antigüedad, y raíces que calan hondo.


El tráfico de seres humanos se cobra sus víctimas entre los niños que, inocentes e indefensos, reciben la vida con los brazos abiertos y sueñan con el porvenir con un corazón lleno de dulzura, pero que por este flagelo terminan destrozados, descartados y con su existencia desgarrada.


Nosotros hemos recibido la bendición de la vida a través de la compasión de Dios. Esta vida debe estar dedicada a hacer el bien como ofrenda a Dios. Destruir la vida de otra persona es hacer un mal uso de este don divino. Todos los seres vivos somos instrumentos en las manos de la Divinidad.


La ley del Tribunal de Dios es la virtud, o Dharma. Aspiremos todos a respetar y a seguir esta ley. La trata de seres humanos es lo contrario de la virtud.


Todos los líderes religiosos tienen la capacidad de ayudar tanto a los responsables —es decir, los que atrapan a su prójimo en las redes de la esclavitud— como a las víctimas. Ambos necesitan ser guiados por el sendero correcto. Los líderes de las diferentes confesiones de fe deben estar preparados para librar esta batalla y defender la virtud. No es una guerra para matar a nadie. Necesitamos estar listos para una guerra destinada a rescatar a los desprotegidos del yugo de las mentes malignas. No deseamos una respuesta nacida de una venganza debida a diferencias de casta, credo o religión. Por el contrario, debemos desarrollar la empatía, conscientes de la divinidad que mora en cada uno de nosotros.


La mente humana ha creado muchas divisiones en forma de religión, castas, lenguas y fronteras entre naciones. Busquemos tender un puente de amor puro que todo lo abarque para derribar esos muros que nosotros mismos hemos creado. Cualquier corazón endurecido se ablanda con el amor. El amor puede iluminar hasta la más cerrada oscuridad. El amor desinteresado transforma la mente: de un demonio que nos esclaviza a nuestra propia fuerza liberadora. Los que trafican con personas, esclavizándolas, han caído presas de una mente negativa. Los líderes religiosos deben, sin segundas intenciones, formular un plan concreto de rehabilitación basado en el amor desinteresado y la espiritualidad, que es la esencia de todos los credos.


El silencio ante la falta de virtud es en sí falto de virtud. Tanto los gobiernos como los líderes políticos deben elaborar leyes sin fisuras, de modo que los culpables no puedan escapar, y estas leyes deben hacerse cumplir a rajatabla. En muchos países se está luchando contra la trata desde el gobierno y también desde varias ONG, pero sin embargo no estamos viendo disminución alguna del poder ni del enorme rédito financiero del que son dueños los que comercian tratando a los seres vivos como meros objetos de uso y descarte. El número de víctimas está aumentando a pasos agigantados. Al igual que las raíces de un gigantesco árbol, las raíces de esta tragedia están alcanzando estratos cada vez más profundos en nuestra sociedad. Estaremos burlándonos de las generaciones por venir si no hacemos algo efectivo contra esta injusticia que ocurre ante nuestros propios ojos.


Las víctimas de la trata pierden su autoestima y caen en un pozo de desesperación. A menudo son utilizadas por terroristas como bombas humanas, para el contrabando de drogas y para muchos otros actos ilegales. Algunos de los alimentos que comemos a diario son producidos por niños que son obligados a trabajar día y noche. Los riñones y otros órganos del cuerpo de las víctimas de la trata se convierten en un bien de cambio. Cuando han dejado de ser útiles y desarrollan trastornos psicológicos como consecuencia de los abusos, o cuando han contraído enfermedades incurables como el SIDA, las víctimas terminan siendo arrojadas a la calle.


Me ha tocado ver y escuchar personalmente a miles y miles de personas que vivieron la trata en carne propia. Una vez, una mujer se me acercó y se puso a llorar: «Amma, tengo SIDA. Mi único deseo es ver a mi hija antes de morir. Por favor, ayúdeme». Le pregunté qué le había ocurrido y me respondió: «Cuando yo tenía nueve años, trabajaba de sirvienta para una familia. Allí conocí a un hombre mayor que me dijo que podía pagarme más y me prometió un sinnúmero de cosas. Como mi familia tenía muchos problemas económicos, me fui con él. Cuando llegamos a destino, vi que había muchas otras muchachas. No me permitieron hablar con ninguna. Terminé dándome cuenta de que era un prostíbulo. Allí los clientes empezaron a violarme sin cesar. Al principio yo sentía ira, además de culpa, por lo que me obligaban a hacer. Sin embargo, con el correr del tiempo, perdí toda dignidad e incluso comencé a sentir placer con mi trabajo.


Al cabo de cinco años, di a luz a una niña. Me dejaron amamantarla durante su primer mes de vida, y luego me la arrebataron. Después de unos años, me diagnosticaron VIH y me prohibieron seguir viendo a mi niña. Cuando la enfermedad empezó a hacer sus estragos, me prometieron que iban a llevarme a un hospital, pero en cambio me dejaron abandonada. Les supliqué que me dejaran ver a mi hija una sola vez más, pero nunca accedieron. Ni siquiera me llevaron de regreso al prostíbulo. Todos aquellos a los que les pedía ayuda me trataban con repulsión. Lo único que no llegaron a hacer fue apedrearme. Todas las puertas se me cerraban en la cara. No puedo seguir viviendo en este mundo. Solo quiero ver a mi hija una vez más antes de morir. ¿Le inyectarán hormonas para que parezca mayor; la usarán como me usaron a mí y a la larga la dejarán librada a su suerte?». Al escuchar esta historia tan desgarradora, envié a unas personas a buscar a su hija. No fue nada fácil.


Otras mujeres también me relataron su aterradora experiencia: «Un hombre solía venir a visitarnos. Nos ayudaba con lo que fuera necesario, y empezamos a sentirnos muy a gusto con él. Después de un tiempo, nos ofreció llevar a nuestros hijos al exterior para que trabajaran en la compañía de un amigo. Nos prometió enviarnos grandes sumas de dinero cada mes, y nos dio a cada una un pago por adelantado de mil rupias. Fue así que se llevó a nuestros hijos, y desde entonces no los hemos vuelto a ver, ni a él ni a los niños. No sabemos dónde están nuestros hijos, pero se rumorea que fueron llevados a un prostíbulo. Enviamos a unas personas a buscar el prostíbulo, y al encontrarlo les dijeron que los niños ya no estaban ahí, que habían sido enviados a otro lado». Tras decir esto, las mujeres rompieron en sollozos.


Hoy ha aumentado el valor de todo. Los hombres venden su esperma y las mujeres hacen lo propio con sus óvulos a cambio de una buena cantidad de dinero. Irónicamente, sin embargo, en muchos países se puede comprar a un niño para someterlo a la prostitución o al trabajo forzado a cambio de la mísera suma de diez o veinte dólares.


El tráfico de personas es un problema complejo, y su solución debe ser multifacética. Debemos abordar el tema del Dharma (o hacer lo correcto), la problemática urgente de la pobreza, y las cuestiones jurídicas, entre otras cosas. El trabajo social y las campañas de concientización pueden jugar un papel importantísimo en este proceso. La única manera de mejorar esta situación es a través de un enfoque colaborativo.


Aun cuando tome sus medicamentos en forma regular, si un diabético continúa comiendo dulces, sus niveles de azúcar en sangre aumentarán. Por lo tanto, una buena alimentación y la modificación del estilo de vida son más importantes que los medicamentos. En el caso de los niños pobres que carecen de acceso a una buena educación debido a la escasez de escuelas (por eso, muchos niños solo cursan hasta el cuarto o el octavo grado), el dinero por sí solo no servirá para aliviar su problemática. Debemos brindar a las nuevas generaciones, al igual que a las víctimas de la trata, una educación práctica que ayude a generarles una mayor conciencia. Es imperioso que despertemos su coraje y su confianza en sí mismos, que están latentes, de modo que logren superarse. Ellos deben darse cuenta de que no son gatitos vulnerables y desprotegidos, sino leones poderosos y valientes. Debemos ayudarlos a que eleven su mente.


Existen dos tipos de educación: la educación para ganarse la vida y la educación para la vida misma. Cuando asistimos a la universidad para obtener un diploma de médico, abogado o ingeniero, estamos recibiendo una educación para ganarnos la vida. La educación para la vida misma, en cambio, exige comprender los principios fundamentales de la espiritualidad. El verdadero objetivo de la educación no es formar personas capaces de entender únicamente el lenguaje de las máquinas. Su propósito primordial debería ser el de impartir la cultura del corazón, fundada en valores perdurables.


Cuando mis devotos acuden a las aldeas para brindar formación profesional, ellos también les dan a las mujeres cursos de educación sexual y de superación personal. Así, muchas jóvenes han podido salvarse de aquellos que trataron de venderlas con el fin de prostituirlas, incluidos a veces sus propios progenitores. Personalmente, he logrado ayudar al 80 por ciento de las mujeres que fueron prostituidas contra su voluntad y que recurrieron a mi socorro. Sin embargo, un 20 por ciento continúa llevando la misma vida. Son mujeres que no quieren cambiar, por lo que tampoco he intentado forzarlas a hacer nada que no deseen.


La lujuria se asemeja al hambre. Aunque estemos hambrientos, no vamos a devorar cualquier cosa que se cruce en nuestro camino. Cuando vamos a un restaurante y pedimos algo para comer, vemos que los otros comensales han elegido platos diferentes del nuestro. Quizás pensemos «habría sido mejor pedir ese plato», pero aun así ejercemos nuestro autocontrol. Del mismo modo debemos ejercitar el autocontrol para todo lo que forma parte de nuestra vida, en particular la lujuria.


Los valores espirituales deben inculcarse desde la infancia. Cuando yo era niña, mi madre nos decía: «Nunca orinen en el río, pues el río es la Madre Divina». Cuando nadábamos en los remansos, a pesar de que el agua estaba fría, recordábamos las palabras de nuestra madre y nos conteníamos. Cuando uno desarrolla una actitud reverencial hacia un río, se compromete a no profanarlo. Nuestro respeto hacia el río ayudó a mantenerlo limpio, y un río limpio termina beneficiando a todo aquel que lo usa. No es importante debatir si hay o no un Dios. Lo que importa es que la devoción y la fe en Dios ayudan a sostener los valores del bien y la virtud en la sociedad. Son estos valores los que aportan el equilibrio tanto a la sociedad como a toda la Creación.


Las carreteras se construyen para el desplazamiento de los vehículos, pero si decimos «yo conduzco como quiero», estaremos exponiéndonos a un accidente. Así como hay normas de tránsito también las hay similares para todo lo que forma parte de nuestra vida. Los valores espirituales nos ayudan a vivir según esas reglas.


Son muchos los que trabajan arduamente para poner fin al trabajo infantil. Sin embargo, el solo hecho de prohibirlo no logrará resolver el problema. En una oportunidad, un hombre se acercó a mí con un niño de diez años. Quería que lo criáramos en nuestro ashram, y me contó cómo ese niño había perdido a sus padres. A raíz de la muerte de su padre dos años antes, su madre y su hermana habían empezado a trabajar en una fábrica de fósforos cerca de su casa. Su madre luego contrajo una enfermedad renal crónica que la obligó a abandonar su trabajo y la dejó postrada. Su hermana recibía un salario que, si bien era muy magro, alcanzaba para llegar a fin de mes. Después de un tiempo, se promulgaron unas leyes que prohibían el trabajo infantil. El dueño de la fábrica de fósforos fue arrestado, y su empresa, clausurada. Todos los niños que trabajaban allí fueron despedidos. Desconsolada ante la pérdida de la única fuente de ingresos de la familia, una mañana, tras enviar a su hijo a la escuela, la madre envenenó a su hija, y después se envenenó ella misma.


Clausurar una fábrica puede estar justificado, pero a menudo nos olvidamos de las familias de los niños que allí trabajan, que dependen de esas fábricas para sobrevivir. En nuestro afán por resolver un problema, si nos limitamos a ver un solo aspecto en desmedro de otros, aquellos que no tienen a quién recurrir son los que sufrirán las consecuencias. Antes de tomar medidas drásticas para poner fin al trabajo infantil y al tráfico de personas, primero debemos sentar bases que ayuden a las familias afectadas a volverse autosuficientes y asegurarse un futuro.


La espiritualidad empieza y termina con la compasión. Si pudiéramos hacer que la compasión deje de ser una mera palabra y se convierta en una senda de acción, lograríamos resolver el 90 por ciento de los problemas del mundo en materia humanitaria. Hay dos tipos de pobreza en este planeta. El primero tiene que ver con la falta de alimentos, vestimenta y refugio. El segundo tipo es la pobreza de amor y de compasión. Necesitamos abordar el segundo tipo de pobreza primero. Si tenemos amor y compasión, estaremos dispuestos, de todo corazón, a servir y asistir a aquellos a los que les falta el alimento, la vestimenta y el refugio.


Según el Bhagavad Gita, el Creador y su Creación son uno solo, igual que las olas y el océano son una misma cosa. Aunque veamos mil soles reflejados en mil cuencos de agua, hay un único sol. Del mismo modo, la conciencia que habita en el interior de cada uno de nosotros es la misma. Así como extendemos espontáneamente una mano para calmar a la otra mano cuando nos duele, deseo que todos consolemos y sostengamos a los demás como lo haríamos con nosotros mismos.


Los devastadores efectos de la esclavitud, al igual que los abusos y los sufrimientos extremos que ella conlleva, tienen entre sus víctimas a personas de todas las naciones y religiones. El dolor físico y mental al que han sido sometidos estos seres no hace diferencia de lengua, raza o color de piel. Son sencillamente un grupo de seres humanos que luchan contra las garras de la pena infinita y la anulación emocional.


Existen ungüentos con propiedades antibióticas que ayudan a cicatrizar las heridas de la piel. De modo similar, hay muchas drogas que se utilizan para tratar las enfermedades de nuestros órganos internos. Pero hay un solo remedio que sirve para sanar las heridas de la mente: el amor puro. Para sanar las heridas mentales y emocionales que han sufrido las víctimas de la trata, debemos asistirlas desde el amor desinteresado. Esto las conducirá hacia la luz de la vida en libertad, lejos de la oscuridad que les fue impuesta en el pasado. Es nuestro deber crear un enorme grupo de trabajo conformado por personas con vocación de servicio, y a cargo de llevar adelante esta sagrada misión. Solamente los líderes religiosos y espirituales pueden hacer que dicho grupo se convierta en realidad.


Que la compasión que anida en el interior de todos los seres vivos se despierte. Que todos desarrollemos el discernimiento que hace falta para amar y respetar la vida, y para amar y respetar a los que viven a nuestro alrededor. No somos islas, sino eslabones interconectados en la cadena de la Creación de Dios. Que nos demos cuenta de esta gran verdad. Que podamos ver el dolor del otro como propio, y su felicidad como propia. Que olvidemos el dolor y el sufrimiento de nuestro pasado, y perdonemos todos los daños que hayamos vivido. Que nos inclinemos, en reverencia, ante todo lo que es bueno en el mundo, y encontremos la felicidad eterna.

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