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Discurso de Su Santidad el Patriarca Ecumenico Bartolomé I

bartholomew

Bartolomé I es el actual Patriarca de Constantinopla desde el 2 de noviembre de 1991. Su título oficial es Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma y Patriarca Ecuménico. El patriarca de Constantinopla tiene primacía de honor (primus inter pares) entre los jerarcas de las Iglesias ortodoxas. Actualmente tiene jurisdicción sobre unos 3,5 millones de fieles dispersos por la diáspora, así como a los ortodoxos de Turquía y de la islas del mar Egeo.

CEREMONIA PARA LA FIRMA DE LA DECLARACION CONJUNTA DE LOS LIDERES RELIGIOSOS CONTRA LA ESCLAVITUD

Casina Pio IV, martes, 2 de diciembre 2014

 

Mis queridos amigos:
 

Es un privilegio especial y un placer sincero responder a la invitación de nuestros amados hermanos, Su Santidad el Papa Francisco y Su Gracia Justin Welby, Arzobispo de Canterbury, cofundadores de la Global Freedom Network, para dirigirme a todos los asistentes de esta reunión y respaldar la Declaración universal contra las formas modernas de la esclavitud.


Queremos asegurarles que nos solidarizamos y nos comprometemos con su lucha para erradicar las expresiones modernas de la esclavitud, ya que representan una desgracia ante los ojos de Dios, una deshonra para la humanidad y una degradación de todas las víctimas inocentes, que fueron hechas a imagen y semejanza de nuestro Creador celestial.


Desearíamos traer a su consideración tres observaciones relacionadas con el imperativo moral de abolir la trata de personas y el trabajo forzado:


(i)              En primer lugar, ¡qué irónico y, al mismo tiempo, qué trágico que en el siglo XXI sigamos teniendo que hacer frente al desafío moral de la esclavitud! De hecho, la esclavitud en la actualidad es una práctica más malvada e inhumana que en los albores del cristianismo o incluso en siglos más recientes. Porque en nuestros días debemos oponernos y responder a una realidad invisible, clandestina y encubierta: una realidad que explota de forma descarada y sin compasión a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y religión a través de acciones delictivas y abusivas tales como la trata de personas, el trabajo forzado, la prostitución y el tráfico de órganos.


(ii)            En segundo lugar, ¡qué irónico y, al mismo tiempo, qué trágico que, una vez más, los que resultan afectados de manera más profunda y negativa sean las personas más humildes y vulnerables de nuestro mundo! Es necio y arrogante que los ricos y poderosos imaginen que pueden apropiarse del trabajo de otros y utilizarlo para lucrar y satisfacer su ambición. Es pecaminoso e inmoral que algunas personas saquen provecho del cuerpo o de los órganos de otros y los exploten, como si de algún modo fuesen una entidad separada o desconectada de su alma y de su espíritu. Y, sin duda, es blasfemo y soberbio reducir a nuestros hermanos y hermanas –de cualquier sexo, raza y edad– a un único aspecto del misterio y del destino para el que fueron creados por el Dios que da vida. El cuerpo y la productividad de los demás no nos pertenecen; solo nos corresponde respetarlos y tratarlos con dignidad.


(iii)           En tercer lugar, ¡qué irónico y, al mismo tiempo, qué trágico que, mientras nos esforzamos por establecer límites y plazos para proteger la naturaleza, ese regalo que Dios ha dado al mundo, sigamos indiferentes y no prestemos atención al abuso opresivo hacia seres humanos que portan el sello mismo de la gracia divina! Aún no hemos comprendido que la contaminación y la destrucción de la ecología, por un lado, y la esclavitud y la explotación del ser humano, por el otro, son dos caras de la misma moneda. Es nuestra vocación humana y divina recordar y reconocer que la forma en que tratamos a nuestro prójimo guarda relación directa con la manera en que cuidamos de nuestro medioambiente. Asimismo, el modo en que respondemos a nuestro medioambiente se ve inmediatamente reflejado en cómo nos comportamos con los demás seres humanos.


Mis queridos hermanas y hermanos, tengamos siempre presente ante nuestros ojos y nuestros corazones que «del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella» (Salmos 24.1), incluidos todos los seres humanos, así como los órganos que conforman su cuerpo. Solo Dios es el Señor de toda la humanidad y el amo de toda la creación. A Él pertenece toda la gloria, el honor y la adoración. Amén.

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