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Discurso de apertura

Proteger a la Tierra, Dignificar a la Humanidad:

Las Dimensiones Morales del Cambio Climático y el Desarrollo Sustentable

Cardenal Peter K.A. Turkson

Casina Pio IV, Ciudad del Vaticano, 28 de abril 2015


Nuestro deber y tarea, en palabras del título de hoy, es “Proteger a la Tierra, Dignificar a la Humanidad”. El subtítulo “Cambio Climático y Desarrollo Sostenible” nos llevaría a insistir en sus “dimensiones morales”. Comprenderemos de hecho el problema si, y solamente si, la postura que adoptamos es substancialmente humana y moral.

Mediante este título y subtítulo, permítanme enfocarme en 3 puntos como marco de mi charla:

·      El título da un sentido imperativo a los problemas – la Tierra debe ser protegida, la humanidad debe ser dignificada.

·      El subtítulo, en segundo lugar, nombra soluciones a estos problemas – manejar el cambio climático y promover el desarrollo sustentable.

 ·      Como los problemas son amplios y las soluciones a largo plazo, en tercer lugar, las soluciones no pueden ser meramente técnicas, ni nuestro compromiso meramente contractual. En cambio, deben estar basados en la moral, orientados por la moral y medidos en términos de la prosperidad y el bienestar humano.

Los problemas son imperativos

Aunque los problemas que afrontamos son notables, y hasta aterradores, agradecemos y reconocemos los grandes logros de los últimos 2 siglos. Un progreso remarcable a nivel científico, tecnológico y económico tiene como benefactores a una gran cantidad de personas disfrutando una esperanza de vida, subsistencia y estilos de vida inimaginables para nuestros ancestros. Las últimas décadas han sido testigo de cientos de millones sacados de la extrema pobreza a lo largo con una aceleración en viajes, transporte y comunicaciones.

Pero este progreso tiene sus lados oscuros y costos inaceptables. A pesar de la generación de grandes riquezas, nos hallamos con crecientes disparidades extremas – amplia cantidad de gente excluida y descartada, con su dignidad pisoteada en el camino. Mientras la sociedad global se define cada vez más mediante los valores monetarios y consumistas, los privilegiados en cambio se tornan cada vez más insensibles a los llantos de los pobres. Al menos 3 de los 7 billones de habitantes del planeta están atrapados en la pobreza, un tercio de ellos en extrema pobreza, mientras una privilegiada elite global de alrededor de 1 billón de personas controla la mayoría de la riqueza y consume la mayoría de recursos. Considere las consecuencias en un sector: alimenticio. Hoy el mundo produce más que suficiente comida para alimentar sus 7.3 billones de habitantes, pero más de 800 millones (más del 11%) pasa hambre, mientras el FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) estima que cada año, aproximadamente 1/3 de toda la comida consumida para el consumo humano se pierde o desperdicia.

Sin demostrar ningún tipo de vergüenza, muchos de nuestros hombres, mujeres y niños son tratados como meros instrumentos de trabajo, de beneficio o de placer, especialmente mediante la trata de personas y demás formas de esclavitud modernas.

El Papa Francisco condena (con mucha razón) todo esto: la “cultura del desperdicio”, las nuevas formas de esclavitud, y la “globalización de la indiferencia”. Son venenosos. Frustran el propósito humano, asfixian el potencial humano, e insultan a la dignidad humana.

Centrándonos en nuestro enfoque sobre el entorno natural, la indiferencia, el tratamiento abusivo y el desperdicio también agregué la manera en que tratamos al mundo natural, el planeta Tierra, el jardín que nos fue dado como nuestro hogar.

Los seres humanos somos parte de la naturaleza. Desde la concepción hasta el momento de la muerte, la vida de cada persona está integrada y sostenida por la formidable panoplia de procesos naturales. Esto lleva a una respuesta recíproca de parte de la humanidad – nutrir y mantener la Tierra, el jardín; que por su lado nos nutre y mantiene. Hoy, el constantemente creciente consumo de combustibles fósiles que alimenta nuestro motor económico está corrompiendo el delicado balance ecológico de la Tierra en una escala casi inconmensurable.

En nuestra osadía, estamos atravesando algunos de los límites naturales más fundamentales del planeta. Y la lección que nos deja el Jardín de Edén es certera hasta en el día de hoy – el orgullo, la arrogancia siempre son peligrosos, de hecho destructivos. La misma tecnología que nos aportó grandes beneficios está ahora preparada para crear una gran ruina.

Los desastres meteorológicos relacionados con el clima son una realidad tanto para países pobres en el margen de la economía moderna como para aquellos en su centro. Considere las sequías devastadoras de California, de Siria y de África. Considere la creciente prevalencia de eventos de clima extremos, que siempre repercuten más fuerte en los pobres. Por ejemplo, un tifón devastó las Filipinas en el 2013, llevándose alrededor de 6,000 víctimas. En las Filipinas, como en varios países alrededor del globo, la gente en estas situaciones es simplemente demasiado pobre como para protegerse. Están a merced de la furia de la naturaleza.

Las soluciones como corrección de rumbo

Permítanme ahora dirigirme a las soluciones. Claramente requerimos de un cambio fundamental de rumbo, para proteger la Tierra y su gente – que a cambio nos permitirá “dignificar a la humanidad”.

Todo tiene su raíz en el principio esencial que estamos hechos en la imagen y semejanza de Dios, y así poseemos una dignidad innata que no puede ser negada, degradada, o denigrada. Esto significa tratar a cada persona como una hermana o hermano – con una relación basada en el respeto, la reconciliación y la solidaridad.

También significa reconocer que todo lo que Dios creó es bueno, preciado, y valorable – y que Dios nos dio este Planeta como obsequio, para abastecer nuestras necesidades. Y la respuesta correcta a semejante regalo magnífico es seguramente la gratitud, el amor y el respeto.

Según el Libro del Génesis, Dios el Creador nos dio el deber de cultivar y mantener la Tierra (Gn 2:15). Estos conceptos balanceados de “cultivar” y “mantener” implican una vital y recíproca relación entre la humanidad y el mundo creado. Cada persona y cada comunidad tiene un deber sagrado de dibujar con prudencia, respeto, y gratitud desde la bondad de la Tierra, y cuidarla de una manera que asegure su continua utilidad para próximas generaciones. Aquellos que cultiven y mantengan la Tierra también tienen la gran responsabilidad de compartir sus frutos con los demás – especialmente los pobres, los desposeídos, los extraños, los olvidados. La escritura Hebreo-Cristiana no se equivoca sobre este asunto – el regalo de la Tierra es un regalo para todos.

La atmósfera global, los océanos, los bosques, y demás recursos naturales son bienes comunes de la humanidad. Como otros lo han hecho, el Papa Francisco ha reafirmado que la tierra no sólo es un legado de nuestros padres, pero un préstamo de nuestros niños, por lo que debemos protegerla y cuidarla con gran ternura y un entusiasmado sentido de solidaridad inter-generacional. Al mismo tiempo, el profeta Isaías relaciona brillantemente la degradación medioambiental con el comportamiento humano: “La Tierra se marchita por los pecados del hombre”.[2]

Cultivar y mantener no prohíbe a la humanidad de hacer uso de los regalos de la Tierra. Pero al mismo tiempo, el corriente modelo económico del desarrollo está desbalanceado. Está abiertamente claro que hemos “cultivado demasiado” y “mantenido muy poco”. Nuestra relación con el Creador; con nuestro vecino, especialmente el pobre; y con el entorno se ha vuelto fundamentalmente “desmantenido”.

Debemos alejarnos de este tipo de comportamiento, y en cambio volvernos más protectivos, más “mantenedores”.

En términos prácticos, necesitamos soluciones económicas y tecnológicas que sean innovadoras y sostenibles, así como un liderazgo político valiente y determinado ejercido en varios niveles incluido el global [3]. Necesitamos apartarnos de un encaprichamiento irreflexivo del PBI y el afán único de la acumulación. Necesitamos aprender a trabajar juntos hacia un desarrollo sustentable, en un marco que relacione la prosperidad económica con tanto la inclusión social como con la protección del mundo natural.

Necesitamos que la comunidad de las naciones adopte el concepto de “desarrollo sostenible”. En esta gran búsqueda, el 2015 será un año decisivo. Tres importantes conferencias – sobre la financiación del desarrollo en Addis Ababa en julio, sobre los Objetivos de desarrollo sostenible (SDG) en Nueva York en septiembre, y sobre el cambio climático en Paris a fines de noviembre – debemos familiarizarnos con los problemas y acordar en proporcionar remedios.

Los cimentos en la moralidad

Permítanme finalmente hablar sobre la base moral, lineamientos, y criterio. El Ecuménico Patriarca Bartolomé clara y convincentemente sitúa la problemática:

Cometer un crimen contra el mundo natural, es un pecado. Para que los humanos causen la extinción de especies y destruyan la diversidad biológica de la creación de Dios... para que los humanos degraden la integridad de la Tierra mediante cambios en su clima, despojando a la Tierra de sus bosques naturales, o destruyendo sus humedales... para que los humanos dañen a otros humanos con enfermedades... para que los humanos contaminen el agua de la Tierra, su tierra, su aire, y su vida, con sustancias venenosas… estos son pecados”.[4]

Sin conversión moral y cambio de postura, incluso buenas regulaciones, políticas y metas improbablemente serán efectivas. Sin este cimiento ético, la humanidad no dispondrá del coraje (sustancia moral) para llevar a cabo incluso las más sensibles propuestas políticas. Pero sin políticas efectivas, nuestra energía moral se dispersa muy fácilmente.

Esta es una imperativa moral universal: proteger y cuidar tanto la creación, nuestro hogar jardín, y la persona humana que mora aquí – y actuar para conseguir esto. Si el ethos dominante, omnipresente es el egoísmo y el individualismo, el desarrollo sustentable no arribará. Para el progreso frente a lo sostenible requiere una apertura fundamental a las relaciones o, en otras palabras, justicia y responsabilidad, inaugurando nuevas avenidas de solidaridad.

Los ciudadanos de los países más acaudalados deben pararse codo con codo con los pobres, tanto en su hogar como en el extranjero. Tienen una obligación especial de ayudar a sus hermanos y hermanas de países en vía de desarrollo a hacer frente al cambio climático mitigando sus efectos y asistiendo su adaptación. Una analogía simple puede ayudar a esclarecer este asunto. Imagine 10 personas caminando en un vasto desierto. Dos de 10 personas ya han bebido la mitad de las reservas totales de agua del grupo. Los otros 8 se están volviendo débiles por la sed que los aqueja. No hay más agua en el panorama. En semejante situación desesperante, los 2 que han bebido tienen un deber moral de ponerse a la búsqueda para encontrar un oasis. Cuando lo encuentren, tienen el deber moral de guiar al resto del grupo presente, asegurándose que nadie pierda la vida.

Como esta analogía sugiere, los países más pudientes, aquellos que se beneficiaron más de los combustibles fósiles, están obligados moralmente a seguir adelante y encontrar soluciones a los cambios relacionados con el clima y así proteger al medioambiente y la vida humana. Están obligados tanto a reducir sus emisiones carbónicas como a ayudar a proteger a los países más pobres de los desastres causados o exacerbados por los excesos de industrialización.

Esta obligación moral se extiende a todos – líderes políticos, líderes corporativos, la sociedad civil, y gente común también. Las corporaciones y los inversores financieros deben aprender a poner la sustentabilidad de largo plazo por sobre la ganancia de corto plazo, y reconocer que la cuestión financiera es secundaria a, y está al servicio de, el bien común. Y cada persona de buena voluntad es convocada por una llamada interior a adoptar las virtudes personales que cimentan el desarrollo sostenible – y lo más importante de esto es el despliegue de caridad que irradia desde uno hacia los demás, desde aquellos que viven hoy contra aquellos que aún no han nacido.

En este espacio moral del núcleo, las religiones del mundo adquieren un rol vital. Estas tradiciones afirman la dignidad inherente de cada individuo relacionándola al bien común de toda la humanidad. Afirman la necesidad de una economía de inclusión y oportunidad, en donde todos pueden prosperar y cumplir con su propósito enviado por Dios. Afirman la belleza, el asombro, y la bondad inherente del mundo natural, y valorar que este es un obsequio preciado encomendado a nuestro cuidado común – hacerlo nuestro deber moral para respetar en vez de causar estragos, para mantener en vez de asolar, para proteger en vez de saquear, para administrar en vez de sabotear, el jardín que es nuestro hogar y herencia compartida de recursos naturales.

Estas perspicacias religiosas pueden ayudar a orientar e integrar a los seres humanos dentro del más amplio universo, para identificar lo que es realmente valorable, lo que protegemos y consideramos sagrado. Dentro de la tradición Cristiana, qué mejor agente radical para el cambio podemos encontrar para el desarrollo sostenible que las Bienaventuranzas; el llamado a la generosidad, la piedad, y el encuentro que propone el Evangelii Gaudium? Qué mejor modelo a seguir para las virtudes del desarrollo sostenible que San Francisco de Asís, que vivió su vida basada en el parentesco y la fraternidad con para la creación, las criaturas y los pobres?

Yo sé que cada tradición representada aquí hoy puede concluir lo mismo mediante sus similares raíces profundas.

Requerimos entonces cultivar nuevos valores y virtudes – incluyendo la conservación del medioambiente, la compasión para los excluidos, el coraje de tomar decisiones audaces, y el compromiso de trabajar juntos para un propósito común para el bien global común. Necesitamos una conversión total de corazones y mentes, hábitos y estilos de vida, estructuras e instituciones.

Últimamente, se trata de la habituación de prácticas virtuosas, naciente de un deseo intrínseco de hacer lo correcto. Y aquí, el mundo requiere buenos modelos a seguir. Así que permitan a los líderes religiosos ofrecerse como tales! Permítannos liderar mediante el ejemplo! Piensen del mensaje positivo que le enviaría a la gente de fe no sólo predicar sobre la sustentabilidad sino vivir vidas sostenibles! Por ejemplo, piensen del mensaje positivo que recibirían las iglesias, mezquitas, sinagogas, y templos de alrededor del globo sobre volverse neutral en tanto al carbono.

En tiempos como estos, el mundo está en búsqueda de líderes de fe para que los guíen. Es por esto que el Papa Francisco ha elegido expedir una encíclica sobre la protección del medioambiente en este momento tan único.

Conclusión

Permítanme terminar reflexionando sobre el pasado y sobre el futuro. La Iglesia no es una experta en ciencia, tecnología, o economía. Nos basamos en buena gente como ustedes aquí presentes para ello. Pero la Iglesia es “experta en humanidad” – en el verdadero llamado del ser humano a actuar con justicia y caridad. Es por ello que la Iglesia lee los Signos de los Tiempos en los momentos claves de la historia. En el final del siglo XIX y principios del XX, la Iglesia expresó una profunda preocupación por las injusticias que crecieron de la industrialización, con el vasto abismo que separa a la minoría privilegiada y a las masas que luchan incansablemente por su vida.

En la última mitad del siglo pasado, dirigió su atención hacia el espinoso reto del desarrollo global, y para la grave amenazada que presenta la acumulación de armamento nuclear durante la Guerra Fría.

Y ahora, la Iglesia debe hablar enérgicamente sobre el gran reto de nuestros tiempos – el reto del desarrollo sustentable. Como lo afirma el título del nuevo libro de Jeffrey Sachs – ejemplares de los cuales hay aquí presente – estamos viviendo en la edad del desarrollo sostenible, y está en manos de todos nosotros tomar las decisiones correctas, las decisiones morales.

En septiembre de este año, el Papa Francisco se dirigirá a las Naciones Unidas en cuanto a los objetivos del desarrollo sostenibles. 50 años antes, el Bendito Papa Pablo VI se dirigió a la misma Asamblea General. Los problemas eran diferentes, sin embargo la orientación de la Iglesia es similar.

El Bendito Pablo VI concluyó su discurso con estas palabras: “El edificio que están construyendo no está cimentado de fundaciones puramente materiales y terrestres, ya que en ese caso sería una casa construida con arena. Está cimentado mayormente sobre las conciencias. Sí, el tiempo ha llegado para la ‘conversión’, para la transformación personal, para la renovación interior”.

El Padre Santo dijo: "La apelación a la conciencia moral del hombre nunca ha sido tan necesaria como lo es hoy, en una edad marcada por semejante buen progreso humano. El peligro no proviene ni del progreso ni de la ciencia; si estas son usadas correctamente pueden, al contrario, ayudar a solucionar un gran número de problemas serios que asedian a la humanidad. El verdadero peligro proviene del hombre, que tiene a su disposición instrumentos más poderosos que nunca, que son tan aptos para traer ruina como lo son para alcanzar conquistas sublimes".

A la luz del emotivo pedido “a la conciencia moral del hombre” del Bendecido Paul VI, adoptamos las virtudes primarias del liderazgo y la solidaridad. Sin liderazgo, la Tierra será cada vez menos habitable. Sin solidaridad, la codicia causará aún mayores estragos. Pero con liderazgo y solidaridad, aseguramos generar mayor sustentabilidad y mayor seguridad. Podremos contar más realísticamente con un planeta habitable que provea un hogar alimenticio para cada hombre, mujer, y niño de cada país y de cada generación.

Para llegar allí, requerimos esa misma conversión, esa misma transformación personal, esa misma renovación de la cual el Bendecido Paul VI habló medio siglo atrás y la cual el Papa Francisco alienta tan repetidamente.

Les agradezco por sus concurrencia en esta Academia Pontificia para ayudar a la Iglesia, a todos los creyentes, a toda la gente de buena voluntad, a reunirse para afrontar los desafíos.

Muchas gracias.

 

Traducción de Damian Yampolsky y Luciana Mazza Toimil - Medios Lentos

 

[1] FAO, El impacto del desperdicio alimenticio, impacta en los recursos naturales. Summary Report, 2013, p. 6.

[2] Cf. Isaías, cap. 24.

[3] En un contexto diferente pero relacionado, el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz profundizaron sobre la crisis financiera global. En vías a reformar los sistemas internacionales financieros y monetarios en el contexto de la autoridad pública global, Libreria Editrice Vaticana, 2011.

[4] Patriarca Bartolomeo, Discurso en el Simposio Medioambiental, Santa Barbara, Estados Unidos, 8.11.1997.

 

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